Confieso que me he comido un chocolate!!!

Tengo un recuerdo recursivo en mi memoria, y es el de mi madre con la boca llena tratando de tragar algo rápidamente en la cocina, fueron varias ocasiones en que fue pillada in fraganti, pero la pose era la misma, seguida de una naturalidad pasmosa, pero nunca le escuché decir "confieso que me he comido un chocolate".


En aquel entonces sabía que mi madre estaba comiendo, pero siempre me pregunté por qué aquella mujer que era dueña y señora del hogar, con total acceso a la despensa 24 horas, tenía que esconderse para comer. La respuesta llegó con mi maternidad, ¡hay que ser madre para entender ciertas cosas!.

Hace unos días, mis niveles de paciencia estaban por los suelos, tenía la imperiosa necesidad de salir corriendo, pero mi #PetitPois como su hermano es muy demandante. Esa situación sumada a que su padre tiene días en que prefiere la horca antes de quedarse con los niños en casa, en el parque puede tirarse solo el día si se lo piden, pero diez minutos con ellos en el salón es como someterle a la silla eléctrica, pues el resultado es catastrófico, días, semanas o incluso meses en que no puedo desconectar y en los que mis fines de semana pasan a ser un vulgar dia de semana normal y corriente, donde no he podido cambiar el chip y estoy a punto de estallar.

Para esos días críticos, he decidido tener  buen resguardo una tableta de chocolate, así que cuando el estress y la locura se pasan tres pueblos, antes de tomarme la pastillita de orfidial que me recetó mi medico de cabecera, prefiero estimular la seretonina de mi cerebro, lastima que el chocolate tiene azúcar y yo soy una yonkie del chocolate, de no ser por eso, sería el estimulante perfecto, y como quien se fuma un cigarrito, yo recurriría gustosa diariamente, a tan poco saludable hábito.

Así que: "Confieso que me he comido un chocolate", pero me lo he comido como lo hacía mi madre, a escondidas en el baño.  Dejé a #PetitPois con su padre que veía una película, mientras #MiniMoi correteaba  y gritaba como poseso por el salón, una vez en la cocina, miré ese armario, ese que guardaba ese tesoro marrón, lo cogí rápidamente, corrí y me encerré en el baño.  Los primeros tres cuadritos me supieron a gloria, el cuarto me regresó a la normalidad, cuando me disponía a saborear el quinto escucho: "maaaaamiiiiii, ¿dónde estás?".   Afortunadamente el chocolate había hecho su trabajo y yo había respirado profundamente unas veinte veces, pero en eso me descubrí antes de responderle comiendo rápidamente unos tres cuadritos mas a la vez y tratando de tragarlos y recordé a mi madre, debo haber tenido la misma cara, y la respuesta a mi peque sobre ¿qué haces mami por qué no me abrías la puerta?, fue tan descarada como las que ella nos dirigía.

Tuve la tentación de compartir mi botín, pero eran como las diez de la noche, evito que mis niños coman dulces por la noche, por salud y por la hiperactividad que les provocan, pero esta vez desistí por el deseo egoísta de disfrutar por completo aquella barra de chocolate y porque no quería caer en una discusión con el padre de la criatura sobre los buenos hábitos alimenticios del niño y míos, porque el rol paternal se le subiría a la cabeza.

Así, que confieso que me he comido un chocolate... a escondidas, y  lo volveré a hacer, aunque por salud lo evitaré, por placer lo buscaré, porque la sensación de libertad, de respiro y de tranquilidad que me da, aunque sea por menos de cinco minutos, vale la pena el escaqueo. A ver si encuentro algo que estimule las hormonas de la tranquilidad y la felicidad y no tenga tanto azúcar, pero de momento, me vale.






La vero donna

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